El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Solo a medianoche, en la calle desierta, me pregunto qué es lo que quiere de mà esta nueva y extraña historia. Camino junto a las casas, que se me antojan cajas de cartón alineadas, dentro de las cuales duerme un pueblo entero. Y de pronto recuerdo una decisión que adopté el mes pasado: habÃa resuelto ir allá en plena noche, a eso de la una de la madrugada; dar la vuelta al hotel, abrir la puerta del jardÃn, entrar como un ladrón y buscar un indicio cualquiera que me permitiera hallar el castillo perdido, para volver a verla a ella, sólo para volver a verla… Pero estoy cansado y tengo hambre. También yo me cambié a toda prisa el traje para ir al teatro, y me quedé sin cenar… Sin embargo, agitado e inquieto, me quedo largo rato sentado en el borde de la cama, antes de acostarme, presa de un vago remordimiento. ¿Por qué?
Además anotaré esto: no quisieron que las acompañara a su casa, ni decirme dónde viven. Pero las seguà hasta donde pude, y sé que habitan en una calleja que serpentea por los alrededores de la iglesia de Nôtre Dame. Pero ¿en qué número?… He adivinado que son modistas, o acaso costureras.
Sin que lo supiera su hermana, Valentine me citó para el jueves a las cuatro, frente al mismo teatro.
—Si mañana no estoy aquà —me dijo— vuelva el viernes a la misma hora, después el sábado, y asà sucesivamente, todos los dÃas.