El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Jueves 18 de febrero. Fui a esperarla en medio de uno de esos vendavales que son portadores de lluvia. A cada rato se decÃa uno: terminará por llover…
Camino en la semioscuridad de las calles, con el corazón acongojado. Cae una gota de agua. Me causa temor que llueva; un chaparrón puede impedir que ella venga. Pero el viento comienza de nuevo a soplar, alejando otra vez la lluvia. AllÃ, en la tarde gris del cielo —gris un momento, deslumbrante el otro— un nubarrón cedió ante el viento. Y aquà estoy, clavado en tierra, en una espera miserable…
Frene al teatro. Transcurrido un cuarto de hora, ya estoy seguro de que no vendrá. Desde el muelle en que me encuentro, sigo de lejos, por' el puente que ella habrÃa tenido que tomar, el desfile de la gente que pasa. Mis ojos acompañan a todas las jóvenes de luto que veo llegar, y estoy a punto de sentir gratitud por las que, durante más tiempo y hasta más cerca de mÃ, se le parecÃan y me han infundido esperanzas…
Una hora de espera; estoy cansado. Al anochecer, un policÃa arrastra hacia la comisarÃa más cercana a un pillo que, con voz ahogada, le va soltando todos los insultos e indecencias de su repertorio. El agente está furioso, pálido, silencioso… En el pasillo mismo comienza ya a golpearlo, y luego cierra la puerta al pasar, para poder castigar al miserable a sus anchas… Me domina la espantosa idea de que, habiendo renunciado al paraÃso, estoy marcando el paso en la entrada del infierno…