El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Se apresuró a explicar:
—Se refiere a una cosa que él me habÃa regalado, haciéndome jurar que la conservarÃa para siempre. ¡Otra de sus locas ocurrencias!
Con esto no logró sino enfurecer más a Meaulnes, que guardándose las cartas en un bolsillo, exclamó:
—¡Locas! ¿Por qué repetir esa palabra? ¿Por qué haberse negado siempre a creer en él? Yo lo conocÃ, y era el muchacho más maravilloso de la tierra…
—¿Lo conociste? —preguntó ella, en el colmo de la emoción—. ¿Conociste a Frantz de Galais?
—Era mi mejor amigo, mi hermano de aventuras… ¡y yo le he quitado su novia! Ah, ¡cuánto daño nos ha hecho tu ciega incredulidad! ¡Tú fuiste quien lo echó a perder todo, todo!
Ella quiso hablarle, tomarle la mano, pero él la rechazó con brutalidad:
—Vete, déjame…
—Está bien. Si asà lo quieres, me iré —tartamudeó ella, con un rubor de fuego en el rostro, y conteniendo el llanto—. Volveré a mi casa, a Bourges, con mi hermana. Y si no vas a buscarme, ya sabes tú que mi padre es demasiado pobre para tenerme a su lado… Me iré de nuevo a ParÃs, trotaré por los caminos como la otra vez. Ya no tengo oficio y seré una mujerzuela…