El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Meaulnes la escuchaba turbado e inquieto, ya que hallaba en su relato algo que era como el eco de una voz conocida. Además, en el tono con que la joven relataba su historia temblaba un vago pesar. Pero ella temió haberlo ofendido y, con dulce vehemencia, se encaró con él, exclamando:
—Quiero darte cuanto poseo, algo que para mà ha sido lo más valioso en el mundo… Tú lo quemarás.
Entonces, mirándolo con fijeza y expresión de ansiedad, sacó del bolsillo un pequeño envoltorio de cartas, que le ofreció; eran las cartas de su novio. ¡Ah! Meaulnes reconoció enseguida aquella fina escritura… ¡Y cómo no se le habÃa ocurrido antes! Era la letra del volatinero Frantz, la que viera una noche lejana en la desesperada esquela que el muchacho habÃa dejado en su pieza del «castillo". Iban los dos por un estrecho sendero, entre las margaritas y el heno, que el sol del atardecer iluminaba oblicuamente. En su estupor, Meaulnes no alcanzaba a captar la desgracia que para él significaba todo aquello. LeÃa las cartas porque ella se lo habÃa pedido: frases infantiles, sentimentales, patéticas. En la última carta decÃa: »Ah, perdiste tu corazoncito, mi pequeña e imperdonable Valentine… ¿Qué será ahora de nosotros? No es que sea supersticioso… Cegado a medias por el dolor y la cólera, Meaulnes leÃa, con el rostro inmóvil, pálido y estremecido. Ella, inquieta al verlo asÃ, buscó lo que él leÃa, para averiguar qué lo alteraba de esa manera.