El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Y una y otra vez, en aquella sala oscura, ante aquellos labriegos desconocidos, al pronunciar con voz apagada aquellas palabras lo asaltaba la impresión de estar cometiendo un delito.
17 de junio. La tarde de este último día comenzó mal. Patrice y su mujer los acompañaron a dar un paseo. Poco a poco, por la pendiente irregular cubierta de brezos, ambas parejas fueron separándose. Meaulnes y Valentine se sentaron entre los enebros, en un soto. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, y el viento arrastraba gotas de lluvia. La lluvia parecía tener un sabor amargo, el de una melancolía tan profunda, que ni siquiera el amor podía endulzarla. Largo rato permanecieron en su escondite, protegidos bajo las ramas, hablando apenas. Por fin se despejó el tiempo, y la tarde fue hermosa. Los dos pensaron que eso les alegraría el espíritu, y se pusieron a conversar. Valentine hablaba y hablaba…
—Ya verás lo que me prometía mi novio, lo niño que era —decía—. Íbamos a tener inmediatamente una casa, una especie de calaña, aislada en el campo. Una casa que, según él, ya estaba preparada. Alrededor de esta hora, al anochecer, la tarde de nuestra boda, habríamos llegado a esa casa como si regresáramos de un largo viaje. Por los caminos en los corrales, ocultos en el bosque, unos niños desconocidos nos habrían saludado con exclamaciones de júbilo: «¡Viva la novia!» Qué locura, ¿verdad?