El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pese a que le dirigÃan continuamente la palabra, Meaulnes permanecÃa en silencio. Desde el momento en que decidiera, en aquella aldea remota —y con el solo fin de evitar murmuraciones— hacer pasar a Valentine por su esposa, lo angustiaba un pesar y un remordimiento que tenÃan igual origen. Y mientras Patrice presidÃa la cena a la manera de un señor rural, Meaulnes pensaba:
«Esta noche, en una sala de planta baja como ésta, una hermosa sala que recuerdo muy bien, deberÃa yo presidir mi banquete de bodas».
Junto a él, Valentine rechazaba con timidez todo lo que le ofrecÃan. ParecÃa una joven aldeana… Y a cada nueva cortesÃa miraba a su acompañante, como si buscara refugio en él. Desde hacÃa un buen rato, Patrice insistÃa en vano para que ella vaciara su vaso de vino, hasta que Meaulnes, inclinándose hacia ella, le dijo con dulzura:
—Bébelo, Valentine…
Dócil, ella bebió. Con una sonrisa, Patrice felicitó al joven por tener una esposa tan obediente. Pero ambos, Valentine y Meaulnes, permanecÃan callados y pensativos. Estaban cansados. Durante su paseo habÃan caminado por el barro, y ahora, sobre las limpias baldosas de la cocina, tenÃan los pies húmedos y frÃos. De vez en cuando Meaulnes se veÃa obligado a decir:
—Mi esposa… Valentine, mi esposa.