El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Dicho esto, se puso a actuar enseguida como una mujer en su propio hogar. Acomodó las habitaciones, cepilló las ropas que Meaulnes había vestido el día anterior. Al llegar al pantalón, quedó consternada, ya que tenía las botamangas cubiertas de un barro espeso. Vaciló primero un instante, y luego, con esmero y precaución, antes de cepillarlo, raspó con un cuchillo la capa de tierra seca.
Meaulnes comentó:
—Así hacían, cuando se metían en el barro, los muchachos de Sainte-Agathe.
—Así me enseñó mi madre —explicó ella.
Y ésa era la compañera ideal que habría deseado el gran Meaulnes —cazador y campesino— antes de su misteriosa aventura.
15 de junio. Los invitaron a cenar en una granja, debido a que unos amigos los habían presentado como marido y mujer. Aunque muy contrariados, ellos habían aceptado, y Valentine, durante la comida, se condujo con la timidez de una recién casada. Dos candelabros brillaban en las puntas de la mesa, cubierta con un blanco mantel, como en un apacible banquete campesino de bodas. Bajo la débil claridad, las caras quedaban sumidas en la sombra apenas se inclinaban. Meaulnes y Valentine se sentaron a la derecha de Patrice, el hijo del granjero.