El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes 14 de junio. De madrugada, cuando Meaulnes despertaba en su pieza del hotel, el sol iluminaba los rojos dibujos de la cortina negra. En la sala de abajo, unos peones rurales conversaban a gritos mientras bebían el café del desayuno, y en sus frases, rudas y tranquilas, expresaban indignación contra uno de sus patrones. Hacía rato que Meaulnes oía, entre sueños, aquel rumor. Primero no le prestó atención. Pero todo se confundía en la inconfundible sensación de un despertar en el campo, al comienzo de unas deliciosas vacaciones estivales: la cortina bordada de racimos que el sol enrojecía y las voces mañaneras que subían hasta el silencioso dormitorio. Meaulnes se levantó y llamó con suavidad a la puerta contigua. Al no obtener respuesta, la entreabrió sin ruido Al ver a Valentine, comprendió de dónde provenía tan apacible bienestar. La joven dormía en una quietud total, tan callada que ni siquiera se la oía respirar, tal como deben dormir los pájaros. Largo rato contempló Augustin aquel rostro infantil, que tenía los párpados cerrados, y en las facciones tanta quietud, que se anhelaba no despertarlo, ni turbarlo jamás. Para demostrarle que ya no estaba dormida, ella, sin hacer movimiento alguno, se limitó a abrir los ojos y mirarlo.
Una vez que se vistió, Meaulnes volvió junto a la joven, que le dijo:
—Estamos un poco retrasados.