El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —¡Mejor, mejor! —se repetÃa como enloquecido, con voz muy queda, seguro de que, por el contrario, era «peor», y de que en presencia de aquella mujer, antes de llegar a la puerta cancel, iba a tropezar con ambos pies y caer de rodillas…
Sin pensar en comer, se detuvo en un café, donde escribió largamente a Valentine, sólo para poder desahogarse, para librarse del grito desesperado que lo ahogaba. Su carta no hacÃa más que repetir:
«¿Cómo pudiste resignarte a eso? ¿Cómo has podido perderte as�»
Cerca de él bebÃan unos oficiales, uno de los cuales relataba ruidosamente una historia de polleras. Se captaban palabras sueltas:
—Le dije… sin duda me reconocerá usted… jugamos todas las noches a las cartas con su marido…
Los demás reÃan, volviendo las cabezas para escupir detrás de los bancos. Meaulnes, demacrado y cubierto de polvo, los miraba como un pordiosero, imaginando a Valentine en sus rodillas.
Vagó largo rato en bicicleta, en torno de la catedral, diciéndose oscuramente:
—En definitiva, vine por la catedral…