El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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La veía aparecer, enorme e insensible, al fondo de todas las calles, en la plaza desierta. Esas calles eran estrechas y sucias, como los callejones que rodean las iglesias de pueblo. Aquí y allá se advertía el anuncio de un prostíbulo: un farol rojo… En aquel barrio asqueroso, vicioso, guarecido como en otra época bajo los arbotantes de la catedral, Meaulnes sentía desvanecerse su dolor. Experimentaba un temor de campesino, una repulsión hacia aquella iglesia ciudadana, en cuyos recovecos se habían esculpido todos los vicios; una iglesia que se levantaba entre los barrios bajos y no ofrecía remedios para las penas de amor más puras.

En ese momento pasaron dos prostitutas que iban tomadas de la cintura y lo miraron con descaro. Por hastío o diversión, para vengarse de su amor o para destrozarlo, Meaulnes las siguió lentamente en bicicleta, y una de ellas, una mujerzuela miserable que recogía hacia atrás, en un falso moño, su escaso cabello rubio, lo citó a las seis en el jardín del Arzobispo… ¡el jardín donde Frantz había citado a Valentine, en una de sus cartas!

Meaulnes no se negó, aunque sabía que a esa hora ya habría salido de la ciudad. Y desde la ventana baja, en la calle en pendiente, la mujer pasó largo rato haciéndole señas ambiguas.

Tenía prisa por seguir su camino.


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