El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Antes de marcharse, no resistió al lúgubre deseo de pasar, por última vez, frente a la casa de Valentine. Abrió bien los ojos y pudo hacer acopio de tristeza. Era una de las últimas casas del barrio, a partir de las cuales la calle se convertía en carretera. Enfrente, una especie de baldío formaba una plazoleta. No había nadie en las ventanas, ni en el patio, ni en ninguna otra parte. Solamente pasó, a lo largo de un muro, arrastrando a dos chiquillos harapientos, una mujerzuela sucia y empolvada.
Allí era donde había transcurrido la niñez de Valentine; allí donde había empezado a contemplar el mundo con sus ojos confiados y prudentes. Detrás de aquellas ventanas había trajinado, cosido. Y Frantz había pasado por esa calle de suburbio, para verla y sonreírle. Ahora, en cambio, ya no quedaba nada, nada… El triste atardecer se hacía lento, y Meaulnes sólo sabía que Valentine, extraviada en otros andurriales, vería pasar por su memoria, esa misma tarde, una lóbrega plaza donde ya no volvería nunca más.
El largo viaje que necesitaba hacer para regresar a casa sería su último recurso contra el dolor; su última y obligada distracción que le impediría sumergirse por entero en él.