El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes En aquel mismo cuaderno de tareas mensuales había garabateado todavía unas palabras, apresuradamente, antes de abandonar, con su permiso pero para siempre, a Ivonne de Galais, su esposa desde la víspera:
Parto. Debo dar con la pista de los dos titiriteros que ayer llegaron por el monte de abetos y se marcharon hacia el este, en bicicleta. No volveré al lado de Ivonne hasta que pueda traer, para instalarlos en la «casa de Frantz», a Frantz y Valentine, ya casados.
«Este manuscrito, que comencé en forma de diario secreto, que se ha convertido en mi confesión, pasará a ser, en caso de que yo no vuelva, propiedad de mi amigo François Seurel.»
Sin duda deslizó apresuradamente el cuaderno debajo de los demás, antes de cerrar con llave su viejo maletín de estudiante y desaparecer.