El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Al examinar minuciosamente el pie del animal, no halló ningún rastro de herida. La yegua levantaba la pata apenas Meaulnes se disponía a tocársela, y escarbaba el suelo con su casco pesado y torpe. Finalmente Agustín descubrió que se trataba de alguna piedra en el casco; sabía cómo se debía tratar a los animales de manera que se agachó, y trató de sujetar con su mano izquierda el pie derecho de la yegua y ponérselo entre las rodillas, pero el coche lo molestaba. Aquélla se le escapó dos veces, adelantándose unos pocos metros; el estribo golpeó la cabeza de Meaulnes y la rueda le lastimó la rodilla. Al fin consiguió vencer la resistencia del animal, pero para poder quitarle la piedra tuvo que emplear su cuchillo de labriego.

Cuando terminó la tarea, y al levantar la cabeza aturdido, comprobó asombrado que ya estaba anocheciendo.

En su lugar, cualquier otro hubiera decidido retroceder para no seguir perdiéndose. Pero Meaulnes no lo hizo, al calcular que debía estar demasiado lejos de La Motte, y además la yegua podía haber seguido por un atajo mientras él estaba durmiendo. A la larga, aquel camino lo llevaría a algún pueblo. A estas razones puede agregarse, además, que Meaulnes, con el pie en el estribo, manejando con impaciencia al animal, cosechaba interiormente unas enormes ganas de lograr algo y de llegar a algún lugar a pesar de los problemas que se le interponían.


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