El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Azoto a la yegua, que volvió a andar al trote. La noche se hacía cada vez más oscura. En el camino, transformado en un barrancal, sólo quedaba paso apenas para el coche. Oía de vez en cuando un ruido seco, al quebrarse en la rueda alguna rama del cerco. Al anochecer totalmente Meaulnes pensó, entristecido, en el comedor de Sainte-Agathe y en todos nosotros reunidos allí dentro en esos momentos. Luego se enfadó, para sentirse más tarde orgulloso y feliz de haberse escapado de esa manera, sin proponérselo.