El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes SORPRESIVAMENTE, la yegua disminuyó el paso, como si hubiera tropezado con algo en medio de la sombra; agachaba y levantaba dos veces la cabeza y frenaba luego arrastrando las narices como si olfatease algo. Alrededor de sus pies se oía un chapoteo de agua; era un arroyo que cortaba el camino y que debía ser un vado en verano, pero en aquella época la corriente era demasiado fuerte y el hielo no había podido endurecerse, de manera que hubiera resultado peligroso seguir adelante.
Meaulnes tiró de las riendas para retroceder unos pasos y se puso de pie en el coche. En ese momento pudo ver una luz que hacía guiños a través del ramaje, separada del camino por sólo dos o tres prados.
Meaulnes descendió del coche e hizo retroceder la yegua, mientras le hablaba para calmar los cabeceos bruscos.
—Hala, querida, hala, ¡ya no seguimos muy lejos!; ¡Muy pronto sabremos dónde estamos!