El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Empujó la cerca entreabierta de un pequeño prado que desembocaba en el camino, y entró allí con el coche. Sus pies se perdían dentro de la blanda hierba; la noche se movía en silencio. Con la cabeza pegada a la de la yegua, Agustín recibía su calor y el fuerte soplo de su aliento. La llevó hasta el fondo del prado y le puso la manta sobre el lomo. Luego apartó unas ramas y pudo ver nuevamente la luz, que provenía de una casa solitaria.
Atravesó tres grandes prados y saltó un arroyuelo traidor en el que estuvo a punto de caer con los dos pies juntos. Al fin llegó al patio de una casa de campo, después de un último salto desde un talud. Se oía el gruñir de un cerdo desde su pocilga y los ladridos de un perro, furioso al percibir sus pasos sobre la tierra helada.
El cerrojo de la puerta estaba abierto, y la luz que Meaulnes había visto era la de una fogata de leña que ardía en la chimenea. El fuego era lo único que iluminaba el ambiente. Una mujer se levantó en el interior de la casa y se dirigió hacia la puerta, sin mostrarse asombrada. En ese instante, el reloj de pesas daba las siete y media.
—Usted me disculpará, buena señora, pero temo haber pisado sus crisantemos.
La mujer se había detenido, con un bol en la mano, y lo observaba.