El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Es verdad —dijo— que el patio está oscuro como para perderse.
Se produjo entonces un silencio, que Meaulnes aprovechó para contemplar las paredes de la estancia, empapeladas con diarios ilustrados como en las posadas, y la mesa, sobre la que descansaba un sombrero de hombre.
—¿No está el señor? —preguntó, sentándose.
—Enseguida va a regresar —contestó la mujer, cuya confianza se habÃa conquistado—. Fue a buscar un fardo de leña.
—No es que lo necesite —prosiguió el colegial, acercando su silla al fuego—, pero estamos varios por ahà en plena cacerÃa. He venido a pedirles que nos cedan un poco de pan.
El gran Meaulnes sabÃa que entre la gente del campo, especialmente en una granja solitaria, era necesario ser discreto, hasta buen polÃtico a veces, y no decir nunca que uno no es del lugar.
—¿Pan? —preguntó la mujer—. El panadero que pasa todos los martes hoy no ha venido, asà que poco les podremos dar.
Al oÃr esto, AgustÃn, que por un Instante habÃa tenido la esperanza de estar cerca de un pueblo, se asustó.
—¿El panadero de qué lugar?
—Pues, ¡el de Vieux-Nançay! —respondió la mujer, asombrada.