El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Después de un momento los dos estaban instalados junto a la chimenea; el hombre iba partiendo la leña para arrojarla al fuego, y Meaulnes tomaba el vaso de leche con pan que le habían servido. El viajero planeaba; ya volver y visitarlos con sus compañeros, convencido de que su fantástica aventura había llegado a su fin, y encantado de estar en esa humilde casa luego de todos los problemas por los que había pasado. No sospechaba que ése era nada más que un alto en el camino y que su andanza continuaría enseguida.
Al rato pidió que se lo guiara al camino a La Motte, y, tratando de volver a la verdad, confesó que estaba totalmente perdido, ya que su coche se había separado de los otros cazadores.
Entonces, los campesinos comenzaron a insistirle para que se quedara a dormir y se marchara con la luz del día, hasta que Meaulnes aceptó y salió a buscar la yegua para dejarla en la caballeriza.
—Tenga cuidado con los pozos del sendero —le dijo el hombre.
Pero Meaulnes no se animó a confesar que no había llegado hasta allí por el sendero, y ya en el umbral de la puerta, dudó en pedirle que lo acompañara, tambaleándose casi por la indecisión. Luego salió al patio oscuro.