El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes SUBIÓ al talud que había saltado antes, para ubicarse donde estaba. Y así, pasando entre los sauces de las vallas, lentamente y con dificultad, como a la ida, orientándose por las hierbas y los charcos, se dirigió hacia el prado donde había dejado a la yegua. Pero para su sorpresa, el coche no estaba allí. Las sienes le temblaban; se quedó quieto, esforzándose en recibir todos los ruidos de la noche, creyendo oír a cada momento, muy cerca, la presencia del animal. No oyó nada. Recorrió el prado. La cerca de la entrada estaba un poco abierta y derribada, como si le hubiese pasado por encima la rueda de un coche, como si por allí hubiese escapado la yegua. Meaulnes caminó por la carretera, cuesta arriba, y a los pocos metros algo se le enredó en los pies: era la manta, que seguramente había resbalado del lomo del animal. Supuso entonces que había escapado en esa dirección, y comenzó a correr.