El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Corría y corría, con la febril voluntad de recuperar el coche como único pensamiento, con la sangre agolpándole la cara, perforado por ese angustioso deseo, tan parecido al miedo. De vez en cuando sus pies tropezaban con las piedras del camino; en las curvas, dominado por la total oscuridad, chocaba contra las cercas y ya demasiado cansado como para frenar a tiempo, caía sobre los espinos, con los brazos extendidos, hiriéndose las manos al querer protegerse la cara. De a ratos sé detenía para prestar atención a los ruidos, y nuevamente comenzaba a andar. En un momento le pareció percibir el rumor de un coche, pero se trataba del traqueteo de un carro que pasaba muy lejos, a su izquierda, por una carretera. Después tuvo que detenerse con la pierna rígida, dolorido por la rodilla que le había lastimado el estribo, y pensó que podría haber alcanzado hacía rato a la yegua si ésta no se hubiese escapado al galope. También pensó que como un coche no se pierde así porque sí, ya lo iba a encontrar alguien.

Y finalmente, ya agotado y furioso, caminó hacia atrás, arrastrándose lastimosamente, y tras un rato largo de marcha creyó estar en los lugares que terminaba de abandonar. Pronto pudo ver la luz de la casa que estaba buscando. En el cerco se abría una vereda ancha.

—Éste es el sendero de que me habló ese viejo —reflexionó, y caminó contento. Ya no tendría que atravesar cercos ni repechos.


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