El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Al desviarse el camino a la izquierda, la luz pareció moverse a la derecha, y cuando llegó a una encrucijada, sin pensarlo, apurado por llegar nuevamente a la humilde casa, siguió por un sendero que creyó lo llevaría directamente a ella. Apenas caminó diez pasos, la luz desapareció, ya fuera porque un árbol la tapaba o porque los campesinos, cansados de esperarlo, la hubieran apagado. Pero animosamente siguió saltando a través del campo en dirección a donde provenía el resplandor. Al atravesar otro cerco, entró en otro sendero. Y de esa manera se iba complicando cada vez más su pista, rompiéndose el nexo que lo unía a la gente que buscaba. Ya rendido, perdido el ánimo, resolvió seguir esa vereda hasta el final. A cien pasos de allí, el sendero desemboca en una pradera gris, en donde se desparramaban unas sombras que debían ser enebros, y se distinguía una oscura barraca en un desnivel del terreno. Meaulnes se acercó a la casa. Era algo semejante a un redil abandonado o una choza. Abrió la puerta, que lanzó un gemido. En el interior flotaba un fuerte olor a moho, y cuando el viento apartaba las nubes, la luna se filtraba a través de las rendijas de los tabiques. Sin investigar más, Meaulnes se acostó sobre la paja húmeda, con un codo en el suelo y la cabeza apoyada en la mano. Se sacó el cinturón y se acurrucó, envuelto en la blusa con las rodillas junto al estómago, y sintió deseos de llorar al acordarse de la manta que había abandonado en el camino. Trató de pensar en otras cosas. Congelado hasta la médula, recordó un sueño, más que nada una visión, que había tenido en su niñez, y que nunca había contado a nadie; era la visión de una mañana, cuando, en vez de despertar en su habitación, frente a sus pantalones y a sus prendas de abrigo, lo había hecho en un enorme edificio verde, cubierto de colgantes que parecían ser follaje, y emanaba de allí una luz tan dulce que la hubiera podido saborear. Junto a la primera ventana, vuelta de espaldas, una joven cosía, como esperando que él despertara. Pero Meaulnes no había tenido fuerzas para levantarse y laminar por ese lugar encantado, y entonces juró que la vez siguiente lo haría. Tal vez después de esa noche.