Amor redentor
Amor redentor —Si necesitas hablar, estoy aquí —le dijo una noche mientras trabajaba en un mueble viejo en la pequeña sala. Ángela permaneció en silencio, sus manos aferradas a una taza de té que ya se había enfriado. No podía decirle la verdad. Si lo hacía, si le mostraba quién era realmente, estaba segura de que él la abandonaría como todos los demás.
Pero Miguel no la abandonó. En lugar de eso, siguió ofreciéndole pequeños gestos de bondad. Cada día, Ángela luchaba contra la voz en su cabeza que insistía en que todo esto era temporal, en que Miguel no podía ser real. Sin embargo, los muros que había construido comenzaban a resquebrajarse.
Un día, mientras ayudaba a Miguel a repartir pan en un refugio cercano, vio algo que la conmovió profundamente: una madre abrazando a su hijo con lágrimas en los ojos mientras Miguel les ofrecía comida y palabras de consuelo. —No sé cómo lo haces —murmuró Ángela, más para sí misma que para él. Miguel, con su calma característica, respondió: —Porque todos llevamos cicatrices. Y todos merecemos esperanza.
Esa noche, algo cambió en Ángela. Por primera vez, sintió la necesidad de contarle la verdad a Miguel, aunque temía que la odiara por ello. En la penumbra de la sala, se sentó frente a él y, con voz temblorosa, comenzó a hablar.