Amor redentor
Amor redentor Sara asintió, emocionada. Marisol la había preparado toda la mañana: vestido azul, delantal blanco, y trenzas con lazos rosados. “El azul es su color favorito”, había dicho. Pero cuando Alejandro entró, la ilusión de Sara comenzó a resquebrajarse. Alto, apuesto y con un porte elegante, no lucía como un príncipe amable, sino como una figura lejana, casi impenetrable.
—¿Es hermosa, Alejandro? —preguntó Marisol, con un tono que bordeaba la súplica. Él apenas levantó la mirada hacia Sara, quien se esforzaba por mantenerse derecha y quieta. —¿Elegiste el azul a propósito, Marisol? —dijo fríamente—. ¿Para resaltar sus ojos?
La pequeña sintió su pecho comprimirse. La falta de calidez en la mirada de Alejandro era más cortante que cualquier palabra. Pero no se dio por vencida. Se acercó tímidamente, tironeando del abrigo de su padre. —Papá… gracias por el cisne de cristal. Es mi regalo favorito. Lo puse en mi ventana, y cuando el sol lo toca, los colores bailan en la pared. ¿Te gustaría verlo?
Alejandro la miró, y aunque sonrió, su sonrisa estaba cargada de desdén. —Me alegra que aprecies mis regalos. Pero no tengo tiempo. Sal a jugar, Sara.
