Herejes de Duna
Herejes de Duna Él se detuvo y la miró, con una expresión que era al mismo tiempo confusa y desafiante. —¿Qué soy realmente?
Lucilla sintió un nudo en el estómago. Sabía que la verdad, cuando finalmente llegara, sería tanto un alivio como una catástrofe.
—Eres alguien que tiene un propósito —dijo, con cuidado.
El ghola frunció el ceño, pero no insistió.
En Rakis, una nave llegó al desierto, trayendo consigo emisarios de la Bene Gesserit. Entre ellos estaba Odrade, encargada de acercarse a Sheeana.
—¿Por qué vienes? —preguntó la niña, sus ojos fijos en la mujer.
—Para protegerte —respondió Odrade.
Sheeana se rió suavemente. —¿Protegerme? ¿De quién?
—De quienes te temen, y de quienes quieren usarte —dijo Odrade, sin apartar la mirada.
La niña la estudió por un momento, luego asintió. —Veremos si tus palabras son verdad.
Mientras las Bene Gesserit trataban de ganar la confianza de Sheeana, las Honoradas Matres preparaban su siguiente movimiento. En un oscuro rincón de la galaxia, sus líderes se reunieron alrededor de una mesa iluminada por una tenue luz roja.