Herejes de Duna
Herejes de Duna —La niña debe ser nuestra —dijo una de ellas, con un tono tan frío como el acero.
—Y si no lo es, la destruiremos junto con todo lo que la rodea —respondió otra.
La guerra no solo era inevitable; ya había comenzado en las sombras.
Las arenas de Rakis eran testigo de una reunión que podía cambiar el curso de la galaxia. Sheeana estaba de pie en el centro de un círculo formado por los gusanos gigantes, mientras Odrade y un grupo de emisarios de la Bene Gesserit observaban con cautela. A la distancia, los habitantes de Keen miraban desde las murallas, susurros de temor y esperanza llenando el aire.
—Ellos me escuchan —dijo Sheeana, sus palabras arrastradas por el viento del desierto.
—¿Por qué? —preguntó Odrade, sin esconder su fascinación.
—Porque saben que soy parte de ellos —respondió la niña, su mirada fija en el horizonte.
Odrade dio un paso adelante, midiendo cada palabra. —Si te escuchan, entonces puedes ayudarnos a restaurar el equilibrio.
Sheeana la miró, sus ojos oscuros brillando con algo más que simple curiosidad. —¿Equilibrio? ¿Para quién?
