Herejes de Duna
Herejes de Duna —Esto no es el final —dijo Odrade, mirando el horizonte.
Sheeana, a su lado, asintió. —Es solo el comienzo.
El sol se alzaba sobre Rakis, revelando un paisaje transformado por la guerra. Las dunas estaban salpicadas de restos de naves, cuerpos y cicatrices de batallas recientes. Pero en medio del caos, habÃa vida. Sheeana caminaba lentamente por la arena, con los gusanos gigantes siguiéndola como sombras vivientes.
—El desierto siempre se renueva —dijo, más para sà misma que para quienes la observaban.
A su alrededor, los pocos sobrevivientes de Keen miraban con una mezcla de esperanza y temor. La niña que habÃa comandado a los gusanos ahora era vista como algo más que humana, una figura que podÃa reconstruir o destruir su mundo.
En la sala de reuniones improvisada en Rakis, Taraza y Odrade discutÃan los próximos pasos.
—Las Honoradas Matres han retrocedido, pero no por mucho tiempo —dijo Odrade, su tono cargado de urgencia.
Taraza asintió, su rostro reflejando el peso de las decisiones que habÃa tomado. —Lo sé. Pero tenemos algo que ellas no tienen: Sheeana.
