La asistenta
La asistenta Segundo: desarma a Andrew. Coquetea. Lo seduce con una mueca de sumisión. Se deja tocar el brazo, se deja observar como si no lo notara. Él muerde el anzuelo, creyéndose en control.
Tercero: busca ayuda. Escribe una carta a Wendy, escondida dentro de un libro de donaciones que Enzo entregará en el hospital. Dentro: fotos, audios, la copia de la llave del ático. Todo lo que necesita para romper el cerco.
Pero el plan no es perfecto. Porque Andrew no es un monstruo torpe. Es astuto, enfermo, adicto al poder. Y sospecha.
Una noche, intenta encerrarla “por su seguridad”. Dice que ha notado su inestabilidad. Le ofrece ayuda profesional. Una clínica. Como a las anteriores.
—Estás viendo cosas, Millie. Te estás volviendo peligrosa —dice, mientras sostiene una copa de vino que no prueba.
Ella sonríe. Le dice que tiene razón. Que necesita descansar.
Esa noche, la trampa se activa.
Enzo corta la electricidad en el ala derecha de la casa. Millie aprovecha el apagón para ir al despacho de Andrew y vaciar su caja fuerte. Lo que encuentra son pruebas más allá del horror: cuentas bancarias secretas, una póliza de seguro a nombre de Nina... que solo se cobra en caso de muerte accidental.