La asistenta
La asistenta —¿Te gustan los niños? —pregunta Nina, mientras la mansión reluce como un palacio encantado.
—Los adoro —miente Millie, porque no tiene otra opción.
Cecelia, la hija de la familia, aparece en escena como salida de una pesadilla victoriana: vestida como una muñeca antigua, silenciosa, con una mirada helada que perfora más que observa. Millie siente un escalofrío. Esa niña no ha dicho nada todavía, pero ya sabe demasiado.
Después de un recorrido por la casa —teatros privados, lujos excesivos, fotos perfectas de una vida perfecta—, Nina la lleva a su habitación: un minúsculo cuarto en el ático, con un techo inclinado y una sola ventana que no se abre. La puerta tiene cerradura por fuera.
—Fue un armario, antes —dice Nina con una sonrisa demasiado blanca—. Pero tiene su propio baño. Privacidad.
Millie asiente. No tiene elección. Aunque algo dentro de ella —el instinto que sobrevivió a la prisión— le dice que ese cuarto no es una habitación. Es una celda.
En la despedida, el jardinero, un hombre musculoso y silencioso llamado Enzo, le lanza una mirada cargada de advertencia. Murmura una palabra en italiano: “Pericolo”. Peligro.
