La asistenta
La asistenta Millie sube a su coche y llora en silencio. Sabe que no la llamarán. Nadie contrata a una mujer como ella.
Pero al dÃa siguiente, el teléfono suena.
—Millie —dice la voz de Nina al otro lado—. Queremos que trabajes con nosotros. ¿Puedes mudarte mañana?
Millie acepta. Y asà cruza el umbral.
Lo que no sabe es que, al entrar en esa casa, no solo ha conseguido un trabajo.
Ha entrado en una trampa.
Desde el primer dÃa, Millie siente que la casa la observa. No es paranoia —es algo más profundo, como si las paredes tuvieran memoria, como si supieran lo que ha pasado ahà antes. Como si aún escucharan los gritos.
Nina la recibe con una calidez artificial, el tipo de sonrisa que se ensaya frente al espejo. Le entrega un teléfono nuevo y la añade a su “plan familiarâ€, como si Millie fuese parte del cuadro perfecto que quiere colgar en su vida. Luego desaparece entre reuniones de la PTA y tratamientos faciales.
