La asistenta
La asistenta —Empieza con la cocina —dice, dejando atrás un caos que grita abandono. Restos de comida apilados, platos podridos, olores que no pertenecen a una casa tan cara. Esa es la primera regla no escrita: limpiar lo invisible. Hacer que todo parezca perfecto, aunque debajo se pudra.
La segunda regla la descubre sola: no hablar demasiado. Andrew Winchester —el esposo— baja del piso superior con la misma sorpresa con la que alguien encuentra una cucaracha en su sala. Atractivo, educado, distante. El tipo de hombre que no deberÃa sentirse amenazado por una empleada. Pero algo en su mirada —un cálculo silencioso— le dice a Millie que no está allà por casualidad.
—Llamame Andrew —dice, sonriendo.
Nina, que apareció justo en ese momento, lo corrige con una frialdad disfrazada de ternura. Algo se rompe en el ambiente, como un vaso invisible cayendo al suelo.
Millie intenta hacerse pequeña, invisible, útil. Pero nada parece suficiente. Nina cambia de humor como un relámpago: un segundo se rÃe con ella, al siguiente la observa como si la hubiese sorprendido robando su vida.
—¿Dónde están tus gafas? —pregunta, con una dulzura ácida.
