La asistenta
La asistenta —Uso lentes de contacto —responde Millie, mintiendo otra vez.
La tercera regla se revela en la noche, cuando intenta dormir. La habitación del ático, con su cama diminuta y techo inclinado, se convierte en una trampa térmica. El aire no se mueve. La ventana está sellada. La puerta tiene rayas en la madera. Marcas de uñas. Alguien intentó salir de ahÃ.
Y entonces recuerda la palabra: pericolo .
Al dÃa siguiente, mientras limpia, encuentra a Cecelia. La niña la mira sin pestañear.
—¿Quién eres? —pregunta, como si fuera una prueba.
—Soy Millie. Estoy aquà para ayudarte.
—Eso dicen todas —susurra la niña, antes de desaparecer como un fantasma por el pasillo.
Esa noche, Millie intenta abrir la ventana. No se mueve. Decide preguntar por la llave del cuarto, solo por seguridad. Nina rÃe.
—¿Qué esconderÃas ahà dentro? —dice, y su mirada se oscurece por una milésima de segundo. Luego sonrÃe otra vez—. Estoy bromeando. Claro que puedes tener una copia.
Pero no se la da.
