La boda de la asistenta
La boda de la asistenta Mientras tanto, Millie finge. Se convierte en una actriz. Sonríe, cocina, acaricia su barriga y dice cosas como —Estoy tan feliz de tenerte a mi lado, Enzo—, mientras guarda el grabador bajo la almohada y activa el rastreador en el coche.
Una noche, Enzo sale a “reunirse con Giuseppi por trabajo”. Millie lo sigue. Lo ve entrar a un edificio oscuro en Queens. No es una oficina. Es una casa abandonada. La misma dirección que apareció con el número de las llamadas amenazantes. Espera afuera durante una hora. Cuando Enzo sale, no está solo. Una mujer lo acompaña. Alta, de cabello oscuro, embarazada.
Millie siente el vértigo de la traición en su estómago. Vuelve a casa, abre la computadora y escucha la grabación de esa mañana. Enzo al teléfono, diciendo: —Sí, está lista. Nadie va a creerle si habla. Todo va según el plan.
Ahora ya no hay duda. Enzo la ha manipulado desde el principio. Tal vez nunca la amó. Tal vez solo necesitaba que firmara algo. Tal vez el bebé... Millie se niega a pensarlo.
Lo confronta. Espera a que se duerma, luego lo despierta de golpe, grabadora en mano, el archivo reproduciéndose. La voz de él. Clarísima. Innegable.
—¿Qué es esto, Enzo? ¿Qué estás haciendo conmigo?