La boda de la asistenta
La boda de la asistenta La relación con sus padres tampoco mejora. Su madre se ha convertido en una presencia inquietante en el apartamento, criticando, ordenando, observando. Millie descubre que se ha atrevido a mirar en su armario, en su correo. Una noche, la escucha hablando por teléfono en la cocina, susurrando su nombre. “Millie no está bien”, dice. “Está descompensada.”
—¿Qué quieres decir con eso? —le reclama Millie, enfrentándola al amanecer.
—Estoy diciendo que este bebé no puede crecer en un entorno como este —responde su madre, helada—. No mientras tú sigas teniendo esos… episodios.
La palabra “episodios” retumba como un eco del pasado. El tiempo que pasó en la cárcel, la manera en que fue desechada por su familia, la etiqueta de “manzana podrida”. Todo vuelve, como si nunca hubiera salido de esa celda.
Entonces encuentra la carta. No la nota anónima, sino una carta vieja, oculta entre las páginas de un libro que su madre dejó sobre la mesa. Es una carta escrita por ella, Millie, hace años. Una carta que nunca envió. Llena de culpa, de confesiones. ¿Cómo la consiguió su madre? ¿Por qué la tiene ahora?