El malestar en la cultura
El malestar en la cultura [15] Aunque la periodicidad orgánica del proceso sexual ha persistido su influencia sobre la excitación sexual psÃquica se transformó más bien en lo contrario. Esta reversión depende ante todo del atenuamiento que sufrieron las excitaciones olfatorias, mediante las cuales la menstruación influÃa sobre el psiquismo masculino. La función de las sensaciones olfatorias fue asumida por las visuales, que podÃan ejercer efecto permanente, al contrario de las olfatorias, cuya influencia es intermitente. El tabú de la menstruación surge de esta «represión orgánica», constituyendo el rechazo de una fase evolutiva superada; todas sus restantes motivaciones son probablemente secundarias. (Véase C. D. Daly «Hindumythologie und Kastrationskomplex» [«La MitologÃa hindú y el complejo de castración»]. Imago, tomo XIII, 1927). Este proceso se repite, en distinto nivel, cuando los dioses de una época cultural superada se convierten en los demonios de la siguiente. En cuanto a la atenuación de las sensaciones olfatorias, parece ser, a su vez, una consecuencia de que al distanciarse el hombre de la tierra, incorporándose y adoptando la marcha bÃpeda, vertical, los órganos genitales quedaron al descubierto y necesitados de protección, con la consecuencia inmediata del pudor. La erección del hombre a la posición vertical se hallarÃa, pues, en el origen del proceso de la cultura, tan preñado de consecuencias. La concatenación evolutiva pasa por la desvalorización de las sensaciones olfatorias y el aislamiento de la mujer menstruante, al predominio de los estÃmulos visuales, a la visibilidad de los órganos genitales, luego a la continuidad de la excitación sexual, a la fundación de la familia llegando con ello al umbral de la cultura humana. Sólo se trata aquà de una especulación teórica, pero de importancia suficiente para justificar su verificación exacta en las condiciones de vida de las especies animales próximas al hombre. La influencia de un factor evidentemente social también se traduce en la tendencia cultural a la limpieza, justificada a posteriori con preceptos higiénicos, pero manifestada ya antes de que conocieran éstos. La tendencia a la limpieza se origina en el impulso a deshacerse de los excrementos que se han tornado desagradables a la percepción sensorial. Bien sabemos que en el niño pequeño no ocurre lo mismo, pues los excrementos no le causan repugnancia, pareciéndole, al contrario, preciosos, como partes desprendidas de su propio cuerpo. Al respecto, la educación insiste en acelerar con particular energÃa el inminente curso evolutivo que habrá de restar todo valor a los excrementos, haciéndolos inútiles, repugnantes, detestables y dignos de repudio. Semejante depreciación no serÃa posible si tales materiales sustraÃdas al cuerpo no estuviesen condenadas por su intenso olor a compartir el destino de todos los estÃmulos olfatorios, una vez que el hombre se hubo erguido del suelo. De modo que el erotismo mal comienza por sufrir la «represión orgánica» que allanó el camino a la cultura. El factor social encargado de imponer nuevas transformaciones al erotismo anal se expresa en el hecho de que, a pesar de todos los progresos realizados por el hombre, el olor de los propios excrementos apenas le resulta repugnante, efecto que le ocasiona tan sólo las excreciones de los demás. Por consiguiente, el individuo sucio, es decir, el que no oculta sus excrementos ofende al prójimo, le niega toda consideración cosa que, por otra parte, también expresan las injurias más groseras y corrientes. Además, no se podrÃa concebir cómo el hombre habrÃa llegado a emplear con injuria el nombre de su amigo más fiel entre los animales, si el perro no se hiciera acreedor al desprecio humano por dos de sus cualidades: la de ser un animal osmático, al que no repugnan los excrementos, y la de no avergonzarse po sus funciones sexuales. <<