El malestar en la cultura
El malestar en la cultura Parece indudable, pues, que no nos sentimos muy cómodos en nuestra actual cultura, pero resulta muy difÃcil juzgar si —y en qué medida— los hombres de antaño eran más felices, asà como la parte que en ello tenÃan sus condiciones culturales. Siempre tendemos a apreciar objetivamente la miseria, es decir, a situarnos en aquellas condiciones con nuestras propias pretensiones y sensibilidades, para examinar luego los motivos de felicidad o de sufrimiento que hallarÃamos en ellas. Esta manera de apreciación aparentemente objetiva porque abstrae de las variaciones a que está sometida la sensibilidad subjetiva, es, naturalmente, la más subjetiva que puede darse, pues en el lugar de cualquiera de las desconocidas disposiciones psÃquicas ajenas coloca la nuestra. Pero la felicidad es algo profundamente subjetivo. Pese a todo el horror que puedan causarnos determinadas situaciones —la del antiguo galeote, del siervo en la Guerra de los Treinta Años, del condenado por la Santa Inquisición, del judÃo que aguarda la hora de la persecución—, nos es, sin embargo, imposible colocarnos en el estado de ánimo de esos seres, intuir los matices del estupor inicial, el paulatino embotamiento, el abandono de toda expectativa, las formas groseras o finas de narcotización de la sensibilidad frente a los estÃmulos placenteros y desagradables. Ante situaciones de máximo sufrimiento también se ponen en función determinados mecanismos psÃquicos de protección. Pero me parece infructuoso perseguir más lejos este aspecto del problema.