El malestar en la cultura
El malestar en la cultura Como último, pero no menos importante rasgo caracterÃstico de una cultura, debemos considerar la forma en que son reguladas las relaciones de los hombres entre sÃ; es decir, las relaciones sociales que conciernen al individuo en tanto que vecino colaborador u objeto sexual de otro, en tanto que miembro de una familia o de un Estado. He aquà un terreno en el cual nos resultará particularmente difÃcil mantenernos al margen de ciertas concepciones ideales y llegar a establecer lo que estrictamente ha de calificarse como cultural. Comencemos por aceptar que el elemento cultural estuvo implÃcito ya en la primera tentativa de regular esas relaciones sociales pues si tal intento hubiera sido omitido, dichas relaciones habrÃan quedado al arbitrio del individuo; es decir, el más fuerte las habrÃa fijado a conveniencia de sus intereses y de sus tendencias instintivas. Nada cambiarÃa en la situación si este personaje más fuerte se encontrara, a su vez, con otro más fuerte que él. La vida humana en común sólo se torna posible cuando llega a reunirse una mayorÃa más poderosa que cada uno de los individuos y que se mantenga unida frente a cualquiera de éstos. El poderÃo de tal comunidad se enfrenta entonces, como «Derecho», con el poderÃo del individuo, que se tacha de «fuerza bruta». Esta sustitución del poderÃo individual por el de la comunidad representa el paso decisivo hacia la cultura. Su carácter esencial reside en que los miembros de la comunidad restringen sus posibilidades de satisfacción, mientras que el individuo aislado no reconocÃa semejantes restricciones. AsÃ, pues, el primer requisito cultural es el de la justicia, o sea, la seguridad de que el orden jurÃdico, una vez establecido, ya no será violado a favor de un individuo, sin que esto implique un pronunciamiento sobre el valor ético de semejante derecho. El curso ulterior de la evolución cultural parece tender a que este derecho deje de expresar la voluntad de un pequeño grupo —casta, tribu, clase social—, que a su vez se enfrenta, como individualidad violentamente agresiva, con otras masas quizá más numerosas. El resultado final ha de ser el establecimiento de un derecho al que todos —o por lo menos todos los individuos aptos para la vida en comunidad— hayan contribuido con el sacrificio de sus instintos, y que no deje a ninguno —una vez más: con la mencionada limitación— a merced de la fuerza bruta.