El porvenir de una ilusión
El porvenir de una ilusión Sin embargo, ni aun aceptando esta concepción de la labor melancólica conseguimos llegar al completo esclarecimiento deseado. Nuestra esperanza de derivar de la ambivalencia la condición económica del nacimiento de la manía, al término de la melancolía, podía fundarse en analogías comprobadas en otros sectores; pero tropezamos con un hecho que nos obliga a abandonarla. De las tres premisas de la melancolía, la pérdida del objeto, la ambivalencia y la regresión de la libido al yo, volvemos a hallar las dos primeras en los reproches obsesivos consecutivos al fallecimiento de una persona. En este caso, la ambivalencia constituye incuestionablemente el motor del conflicto, y comprobamos que, acabado el mismo, no surge el menor indicio de triunfo como en el estado de manía. De este modo hemos de reconocer que el tercer factor es el único eficaz. Aquella acumulación de carga, ligada al principio, que se libera al término de la melancolía y hace posible la manía, tiene que hallarse relacionada con la regresión de la libido al narcisismo. El conflicto que surge en el yo, y que la melancolía suele sustituir por la lucha en derredor del objeto, tiene que actuar como una herida dolorosa, que exige una contracarga, extraordinariamente elevada. Pero creemos conveniente hacer aquí alto y aplazar la explicación de la manía hasta haber llegado al conocimiento de la naturaleza económica del dolor físico, y después, la del dolor psíquico, análogo a él. Sabemos ya, en efecto, que la interdependencia de los complicados problemas anímicos nos obliga a abandonar sin terminarla cada una de nuestras investigaciones parciales hasta tanto que los resultados de otra nos auxilien en su continuación.