La interpretación de los sueños
La interpretación de los sueños Todo esto es suficientemente absurdo. Mi sueño se desarrolló por los días en que los húngaros se habían colocado fuera de la ley, ejerciendo una sistemática obstrucción, conducta que los llevó a la gravísima crisis resuelta luego por Koloman Széll. La pequeñez de las imágenes que constituyen la escena de mi sueño posee una significación particular, y hemos de tenerla en cuenta para el esclarecimiento de dicha escena. La corriente representación onírica visual de nuestros pensamientos presenta imágenes que nos dan la impresión de ser de tamaño natural. Pero la escena de mi sueño es la reproducción de un grabado en madera que ilustraba una Historia de Austria y representaba a María Teresa en el Parlamento de Presburgo, o sea la famosa escena del Moriamur pro rege nostro. Como allí María Teresa, aparecía en mi sueño mi padre, rodeado de la multitud. Pero además, está sobre una «silla» (Stuhl). Es, pues, un juez (Stuhlrichter). (Los ha unido -actúa aquí de intermediaria la expresión corriente: «No necesitamos juez ninguno», empleada para indicar el acuerdo de dos o más personas.) El parecido que en su lecho de muerte presentaba mi padre con Garibaldi fue advertido por todos cuantos le vimos en tal ocasión. Una elevación postmortal de la temperatura enrojeció intensamente sus mejillas. A la cualidad postmortal de este fenómeno corresponden en el contenido manifiesto del sueño las palabras después de su muerte. Lo que más hubo de atormentarle en sus últimos días fue una absoluta parálisis intestinal (obstrucción). A esta circunstancia se enlazan toda clase de pensamientos irrespetuosos. Un amigo mío de mi misma edad, cuyo padre murió antes de comenzar él sus estudios universitarios, me relató una vez entre burlas el dolor de una parienta suya que al amortajar el cadáver de su padre, muerto de repente en la calle, encontró que en el momento de la muerte o después de ella (postmortalmente) se había producido una evacuación del intestino. La hija se lamentaba de ver manchado el recuerdo de su padre por este feo detalle. Llegamos aquí al deseo que toma cuerpo en mi sueño. ¿Quién no aspira, en efecto, a aparecer limpio de toda impureza ante sus hijos después de la muerte? ¿Y dónde queda ya la absurdidad de este sueño? Lo que le ha prestado tal apariencia es únicamente el hecho de haber sido reproducida en él punto por punto una expresión corriente («aparecer después de la muerte ante nuestros hijos»), cuyo sentido literal contiene un absurdo que la costumbre nos hace dejar inadvertido. Tampoco aquí podemos rechazar la impresión de que la apariencia de absurdidad ha sido creada voluntariamente.