Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis Viena, 9-6-99.
¡Todavía estoy vivo! El «silencio de los bosques» parecería un tumulto callejero en comparación con el que reina en mi consultorio. Por cierto que aquí se puede «soñar» magníficamente. En la bibliografía han aparecido unos pocos especímenes que por primera vez me hicieron pensar que más me valdría no haberme metido nunca en semejante asunto. Uno de ellos se llama Spitta[503] (to spit = escupir). Pero ya superé el peor de los escollos. Naturalmente, uno se sume cada vez más en el asunto, hasta que llega un momento en el que es necesario ponerle punto final. Una vez más el problema entero se me reduce a un lugar común. Hay un único deseo que todo sueño procura siempre satisfacer, por más diversas formas que aquél adopte: ¡es el deseo de dormir! ¡Se sueña, pues, para no tener que despertar, porque siempre se quiere dormir! Tant de bruit…![504]
