Los origenes del psicoanalisis

Los origenes del psicoanalisis

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Si te quedan ganas de saber algo más de mí, entérate de esto. Después de la gran exaltación que durante el verano me permitió concluir los sueños en febril actividad, fui lo suficientemente necio como para abandonarme a la ebria esperanza de haber dado el paso decisivo hacia la libertad y el bienestar. La recepción que el libro tuvo y el silencio que desde entonces se hizo en torno de él han vuelto a destruir la germinante relación con mi ambiente[545]. El segundo hierro que tengo en mi fragua es mi trabajo cotidiano, con la perspectiva de llegar en alguna parte a un término o de resolver muchas dudas y de saber a qué atenerme en cuanto a las posibilidades terapéuticas. La perspectiva parecía ser más favorable en mi caso E., y fue precisamente con el que sufrí el golpe más agobiador. Cuando creía tener la solución en las manos, ésta se me sustrajo y me vi obligado a volverlo todo del revés y a juntar de nuevo las piezas sueltas, perdiendo con ello todas las hipótesis que hasta entonces me habían parecido aceptables. No pude soportar la depresión que eso me produjo. También comprobé en seguida que es imposible proseguir un trabajo realmente difícil en medio de una depresión incesante. Cada uno de mis pacientes se me convierte en un fantasma aterrador cuando no me siento alegre y dueño de mí mismo. Realmente creí estar a punto de abandonarlo todo. Me recuperé renunciando a toda elaboración intelectual consciente, para dedicarme tan sólo a seguir tanteando en medio de los enigmas, guiado únicamente por el ciego tacto. Desde ese momento he proseguido con mi trabajo quizá más hábilmente que nunca, pero sin saber a ciencia cierta qué estoy haciendo. No podría dar la menor noticia de cómo están las cosas. En las horas que me quedan libres me preocupo únicamente de no abandonarme a la reflexión. En cambio, me entrego a mis fantasías, juego al ajedrez, leo novelas inglesas; todo asunto serio ha quedado excluido. Durante los últimos meses no he anotado una sola línea de cuanto aprendo o presumo. Vivo así como un filisteo sediento de placeres en cuanto el oficio me deja libre. Tú sabes cuán limitados son mis placeres: no debo fumar nada que realmente merezca la pena; el alcohol no tiene para mí ningún sentido; he terminado con la procreación; he cortado toda relación con los hombres. Así, vegeto sin hacer mal a nadie, apartando escrupulosamente mi atención de los temas que de día me ocupan. Con este régimen me mantengo contento y capaz de afrontar a mis ocho víctimas y verdugos.


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