Moisés y la religión monoteísta

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Aceptemos, pues, que el gran hombre influye sobre sus semejantes por dos conductos: su personalidad y la idea que sustenta. Esta idea puede poner el acento sobre un antiguo entramado de deseos de las masas, mostrarles una nueva meta del deseo, o bien cautivarlas de alguna otra manera. A veces –y este es por cierto el caso más originario– actúa la personalidad sola, y la idea desempeña un papel muy pequeño. Por qué el gran hombre cobra en general importancia es algo que en todo momento hemos tenido claro. Sabemos que en la masa de los seres humanos existe una fuerte necesidad de una autoridad que se pueda admirar, a la que uno se someta, por la que se sea dominado y, llegado el caso, incluso maltratado. Por la psicología del individuo hemos averiguado de dónde procede esta necesidad de la masa. Es la añoranza del padre, inherente a todos desde su niñez, del mismo padre al que el héroe de la leyenda se jacta de haber vencido. Y ahora podemos vislumbrar que todos los rasgos de que dotamos al gran hombre son rasgos paternos, que la esencia del gran hombre en vano buscada por nosotros consiste en esta coincidencia. La resolución de los pensamientos, la fuerza de la voluntad, la pujanza de los actos forman parte de la imagen del padre, pero sobre todo la autonomía e independencia del gran hombre, su divina despreocupación, que puede extremarse hasta la desconsideración. Se debe admirarlo, se puede confiar en él, pero no se puede dejar de temerlo también. Nos habríamos dejado llevar por la literalidad; ¡quién sino el padre debe, pues, de haber sido en la infancia el «gran hombre»!


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