Moisés y la religión monoteísta

Moisés y la religión monoteísta

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Fue sin duda un tremendo prototipo paterno el que en la persona de Moisés descendió sobre los pobres siervos judíos para asegurarles que eran sus hijos. Y no menos avasallador debió de ser sobre ellos el efecto de la representación de un Dios único, eterno, todopoderoso, para el cual no eran demasiado pequeños para cerrar con ellos una alianza y que prometía velar por ellos si permanecían fieles a su veneración. Probablemente no les resultó fácil separar la imagen del hombre Moisés de la de su dios, y en ello acertaban, pues Moisés pudo haber incluido en el carácter de su dios rasgos de su propia persona como la iracundia y la inexorabilidad. Y cuando luego llegaron a matar a este su gran hombre, no hicieron sino repetir un crimen cometido en épocas arcaicas como ley contra el rey divino y que, como sabemos, se remontaba a un prototipo aún más antiguo.

Si por un lado la figura del gran hombre nos ha crecido de este modo hasta lo divino, hora es de reparar en que también el padre fue una vez niño. La gran idea religiosa representada por el hombre Moisés no era, según hemos explicado, suya propia; la había tomado de su rey Ikhnatón. Y este, cuya grandeza como fundador de una religión está inequívocamente atestiguada, tal vez siguiera a su vez estímulos que, por mediación de su madre u otros conductos –del Asia próxima o remota–, le habían llegado.


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