Moisés y la religión monoteísta

Moisés y la religión monoteísta

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Algo estorba esta posibilidad: el hecho de la fortísima oposición entre la religión atribuida a Moisés y la egipcia. La primera es un monoteísmo de grandiosa rigidez: solo existe un Dios, único, omnipotente, inaccesible; nadie soporta su contemplación, no puede hacerse una imagen de él, ni siquiera pronunciarse su nombre. En la religión egipcia hay un tropel casi inabarcable de deidades de jerarquía y origen diferentes, algunas personificaciones de grandes potencias naturales, como el cielo y la tierra, el sol y la luna, o bien una abstracción como Maat (la verdad, la justicia), o una caricatura como el enano Bes, pero la mayoría son dioses locales de la época en que el país estaba dividido en numerosas provincias, tienen forma animal como si todavía no hubieran superado la evolución a partir de los antiguos animales totémicos y se diferencian escasamente entre sí, apenas algunos con funciones especiales asignadas. Los himnos en honor de estos dioses dicen más o menos lo mismo de todos ellos, los identifican unos con otros sin reparos, de una forma que nos confundiría irremediablemente. Los nombres de los dioses se combinan entre sí, de modo que uno es rebajado casi al epíteto del otro; así, en el apogeo del «Imperio Nuevo», el dios principal de la ciudad de Tebas se llama Amón-Re, compuesto cuya primera parte designa al dios de la ciudad, con cabeza de carnero, mientras que Re es el nombre del dios solar de On, con cabeza de halcón. Acciones mágicas y ceremoniales, hechizos y amuletos dominaban el culto de estos dioses lo mismo que toda la vida cotidiana de los egipcios.


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