Moisés y la religión monoteísta
Moisés y la religión monoteísta No pocas de estas discrepancias pueden derivarse fácilmente de la oposición de principio entre un monoteísmo estricto y un politeísmo ilimitado. Otras son evidentemente consecuencias de la diferencia de nivel intelectual, donde una religión está muy próxima a fases primitivas, la otra se ha elevado a las cimas de la abstracción sublime. A estos dos factores cabe tal vez achacar que a veces se tenga la impresión de que la oposición entre la religión mosaica y la egipcia habría sido voluntaria e intencionadamente agudizada; p. e., cuando la una condena con la mayor severidad toda clase de magia y hechicería que en la otra florecen con la máxima exuberancia. O bien si el insaciable afán de los egipcios por corporeizar a sus dioses en arcilla, piedra y bronce, al cual tanto deben hoy nuestros museos, se contrapone con la ríspida prohibición judía de representar en efigie a cualquier ser vivo o imaginado. Pero aún hay otra oposición entre ambas religiones que escapa a las explicaciones intentadas por nosotros. Ningún otro pueblo de la Antigüedad hizo tanto por negar la existencia de la muerte ni tomó tantas medidas para posibilitar una existencia en el más allá, y en correspondencia el dios de los muertos Osiris, el señor de ese otro mundo, era el más popular e indiscutido de todos los dioses egipcios. La primitiva religión judía, en cambio, renunció por entero a la inmortalidad; jamás ni en parte alguna se hace mención de la posibilidad de una continuación de la existencia tras la muerte. Y esto es tanto más notable cuanto que experiencias posteriores han mostrado que la creencia en una existencia en el más allá puede ser perfectamente compatible con una religión monoteísta.