Autobiografía

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De cualquier forma, todos estaremos de acuerdo en que yo era un accidente en Fleet Street. Algunos dirán que un accidente mortal, como se proclama en los carteles de Fleet Street. Pero la propia Fleet Street estaba llena de accidentes parecidos y se la podría haber llamado la Calle del Accidente, o la Calle de la Aventura, como la llamó un hombre al que estoy orgulloso de haber conocido allí. El propio Philip Gibbs[49] acentuaba aquella incongruencia intelectual que era lo cómico del lugar; tenía el aire curioso de ser el hombre adecuado en el sitio equivocado. Su fino rostro de halcón, de un refinamiento casi sobrenatural, parecía solidificado en una expresión de remilgado desaliento por no poder convertirlo en el lugar adecuado. Esto fue mucho antes de que consiguiera sus grandes condecoraciones como corresponsal de guerra, pero él trataba con la misma distancia las otras grandes guerras del pasado. Había estudiado las luchas entre los grandes hombres de la Revolución Francesa y se había concentrado en lo que a mi juicio resultaba un odio desproporcionado pero sutil hacia Camille Desmoulins[50]. En mi presencia, lo sometió a un juicio implacable y mientras hablaba, yo pensaba cuánto se parecía a aquellos idealistas arrogantes de rostro enjuto e inclementes entre todos aquellos grandes revolucionarios a los que él criticaba. David debería haber pintado su perfil. Comienzo con esta impresión de Gibbs precisamente porque su figura me parecía realmente distante y recortada contra aquel trasfondo, pero yo mismo no era sino parte de aquel trasfondo y se decía, a la ligera, que yo solito podía haber constituido todo un trasfondo. En otras palabras, yo pertenecía a la vieja vida bohemia de Fleet Street, destruida desde entonces no por un idealismo del desapego, sino por el materialismo del sistema. Años después, el propietario de un periódico me aseguró que era una calumnia contra el periodismo contar, durante toda la noche, todas aquellas historias de tabernas y periodistas andrajosos, trabajo y juerga al azar. «Ahora, la oficina de un periódico es exactamente igual a cualquier otra oficina», dijo con una sonrisa radiante, a lo que yo asentí con un gruñido. El mismo nombre de Bohemia se ha desvanecido del mapa de Londres como se ha desvanecido del mapa de Europa. Nunca he comprendido por qué la nueva diplomacia abandonó aquel antiguo y noble nombre nacional, una de las cosas que no se perdió en los Campos de Mohacs[51], pero parece como si, en ambos casos, lo mejor se haya perdido con la victoria y no con la derrota. Al menos a mí me habría disgustado que para conquistar, con dudoso criterio, otra franja de territorio me hubieran pedido que, de repente, hablara de Inglaterra como si fuera Sajonia Occidental; y eso es lo que le ha sucedido a la prolongada epopeya de Serbia, que ahora llaman Eslavia del norte. Recuerdo cuando se anunció que Bohemia iba a dejar de existir en el mismo momento de su nacimiento. Iba a llamarse Checoslovaquia, y yo iba por ahí preguntando a la gente de Fleet Street si este cambio iba a aplicarse a la Bohemia metafórica de nuestra propia juventud romántica. Cuando el hijo disoluto molestara a la familia respetable, diríamos algo así: «Me gustaría que Tom abandonara esos modales checoslovacos»; o cuando hubiera follón en Fleet Street: «Odio esas escandalosas fiestas checoslovacas». Pero esto es sólo una fantasía porque queda muy poco en Fleet Street de lo que ni siquiera sus peores enemigos llamarían «checoslovaco». El propietario del periódico tenía toda la razón en lo que decía; el periodismo se lleva ahora como cualquier otro negocio. Se dirige con la misma tranquilidad, sobriedad y sensatez que la oficina de un prestamista o de un financiero moderadamente fraudulento. A estas personas les parecerá ocioso si yo recuerdo que las viejas tabernas en las que los hombres bebían o las antiguas plazuelas en las que se morían de hambre estaban llenas de poetas hambrientos, de eruditos borrachos y de toda clase de personalidades perversas que a veces intentaban incluso decir la verdad; hombres como Crosland, aquel excéntrico provocador que odiaba tantas cosas (incluido a mí), pero que a menudo había justificado su gran despedida, en la que afirmaba con amargura haber


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