AutobiografĂa
AutobiografĂa Hay algunos que se quejan de que un hombre no haga nada; los hay âaĂșn mĂĄs misterioso y sorprendenteâ que se quejan de no tener nada que hacer. Cuando tienen ante sĂ el regalo de unas hermosas horas o dĂas de ocio, gruñen ante su ociosidad. Cuando se les concede el don de la soledad, que es el don de la libertad, lo tiran a la basura y lo destruyen deliberadamente con algĂșn espantoso juego de cartas o algĂșn baile. SĂłlo hablo en mi propio nombre y ya sĂ© que tiene que haber de todo en el mundo, pero no puedo reprimir un escalofrĂo cuando los veo tirar por la borda sus bien ganadas vacaciones realizando alguna actividad. Por mi parte, jamĂĄs me canso de no hacer nada. Siento como si nunca hubiera tenido el suficiente tiempo libre para desplegar siquiera una dĂ©cima parte de mi acervo vital e intelectual. Huelga decir que no hay nada particularmente misantrĂłpico en este deseo de soledad, sino mĂĄs bien lo contrario. Como ya he dicho, en mi malsana adolescencia, a veces me sentĂa espantosamente solo en sociedad, pero en mi edad adulta, nunca me he sentido mĂĄs sociable que cuando estoy solo.