Autobiografía
Autobiografía Uno de los acontecimientos más divertidos de mi vida sucedió cuando presidí la fiesta de celebración del sesenta cumpleaños de Belloc. Estaban reunidas unas cuarenta personas, casi todas ellas importantes, en el sentido público del término, y el resto eran incluso más importantes en el sentido privado, puesto que eran sus relaciones más íntimas y allegados. Para mí fue una curiosa experiencia, algo entre el Día del Juicio Final y un sueño en el que hombres de distintos grupos, a los que yo había conocido en diferentes épocas de mi vida, aparecían todos juntos como en una especie de resurrección. Cualquiera comprenderá la sensación que tuve si alguna vez ha tenido la experiencia de que un extraño le pare por la calle y le pregunté: «¿Qué tal la pandilla?». En ocasiones así, he tenido la clara conciencia de haber pertenecido a muchas pandillas. Conocía bien a la mayoría de los que estaban allí, pero entre los jóvenes había algunos recién conocidos y otros a quienes conocía desde hacía tiempo; y también estaban, como sucede en estas reuniones, esos que en algún momento quise saber quiénes eran y por los que nunca llegué a preguntar. De cualquier modo, había gente de todo tipo, excepto idiotas, y aquella renovada camaradería me trajo a la memoria cientos de polémicas. Estaba mi viejo amigo Bentley, a quien conocía desde la época del colegio; y Eccles, que me recordaba las primeras broncas políticas a favor de los bóers; y Jack Squire (ahora Sir John), que apareció en mi círculo en la época del Eye-Witness y de la campaña de mi hermano contra la corrupción; y Duff Cooper, un joven político con porvenir, al que conocía desde hacía más o menos un mes, y A. P. Herbert, de una edad parecida; y el brillante periodista al que conocía desde hacía mucho por el sobrenombre de Beachcomber y, desde hacía muy poco, por Morton. Estaba previsto que fuera, y lo fue, una velada muy divertida; no iba a haber discursos. Me recalcaron repetidas veces que no habría discursos. Sólo yo, como presidente de la mesa, estaba autorizado a decir unas palabras cuando entregara a Belloc el regalo de una copa de oro diseñada a partir de ciertas frases de su poema heroico de alabanza al vino, que termina pidiendo que una copa de oro fuera la última copa de despedida a sus amigos: