La sabiduría del padre Brown

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–Esto es como lo que le estaba diciendo a Flambeau. Esos opuestos no lo son. No funcionan como tales. No luchan entre si. Es blanco en vez de negro, o sólido en vez de líquido, y así siempre, pues hay algo equivocado, monsieur, algo equivocado. Uno de esos hombres es rubio y el otro moreno, uno es intrépido y el otro prudente, uno fuerte y el otro débil. Uno tiene mostacho y no barba, asique no se puede ver su boca; el otro tiene barba y no mostacho, asique no se puede ver su barbilla. Uno tiene el pelo corto, pero una bufanda para taparse el cuello; el otro tiene un cuello corto, pero pelo largo para ocultar la forma de su cráneo. Todo es demasiado ordenado y correcto, monsieur, y aún así hay algo erróneo. Cosas tan opuestas no pueden luchar. Mientras una asciende, la otra desciende, mientras una entra, la otra sale. Como una cara y una máscara, como un cerrojo y una llave. Flambeau seguía observando el interior de la habitación con un rostro tan pálido como el papel. El ocupante de la habitación estaba de pie, de espaldas a él, pero frente a un espejo, y ya se había ajustado una mata de pelo rojo alrededor del rostro, que colgaba desordenada y le ocultaba las mandíbulas y la barbilla, mientras dejaba al descubierto una mueca de mofa. Visto así, ante el espejo, la cara blanca parecía la cara de Judas sonriendo horriblemente y rodeada por las llamas del infierno. Por un instante, Flambeau creyó ver los ojos fieros y brillantes danzando, aunque los tenía cubiertos con unas lentes azules. Deslizándose en una chaqueta negra, la figura se desvaneció hacia la parte frontal de la casa. Poco después, el estruendo de un aplauso popular procedente de la calle anunció que el doctor Hirsch había aparecido una vez más en el balcón.


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