La sabidurÃa del padre Brown
La sabidurÃa del padre Brown –Yo mismo di con él -arrastró las palabras el americano, estirando perezosamente sus largas piernas ante el fuego-. Yo di con él con la ayuda del extremo torcido de un bastón. No me mire tan sorprendido. Realmente lo hice. Ya sabe que a veces me gusta emprender alguna excursión por los senderos del campo fuera de este lugar deprimente; pues bien, estaba caminando esta tarde por un sendero empinado, rodeado de setos oscuros y cenicientos campos arados, y la luna ya asomaba iluminando de plata el camino, cuando vi a un hombre corriendo a través del campo. CorrÃa con el cuerpo inclinado y con un buen trote. ParecÃa estar exhausto, pero cuando llegó a los espesos setos oscuros los atravesó como si fueran telas de araña, o mejor -ya que oà cómo se rompÃan las ramas y hacÃan presa en el cuerpo como bayonetas- como si él fuese de piedra. En el instante en que apareció en la parte superior del camino, contra la luz de la luna, y lo atravesó, yo le puse mi bastón en las piernas y lo hice tropezar. Luego silbé todo lo fuerte que pude y los compañeros vinieron para detenerlo.
–HabrÃa sido una metedura de pata -remarcó el padre Brown-, si hubiese descubierto que se trataba de un popular atleta entrenando para la carrera de la milla.