La sabidurÃa del padre Brown
La sabidurÃa del padre Brown –Quiero insistir, si vamos a eso, que no fui más allá de un experimento cientÃfico. En realidad no habÃa nada contra ese hombre. Como he dicho, las ropas que llevaba no eran de su talla, pero eran mejores que las que se llevan en la clase social a la que, evidentemente, pertenece. Aún más, a pesar de haber estado recorriendo los campos y atravesando setos, el hombre estaba relativamente limpio. Eso puede significar, desde luego, que sólo se habÃa escapado de la prisión, pero a mi me recordó la decencia desesperada del pobre respetable. Su conducta, lo confieso, era acorde con la de éste. Guardaba silencio y mantenÃa una actitud digna como él; parecÃa tener una gran aflicción, aunque sabÃa ocultarla. Manifestaba una ignorancia total acerca del crimen y de todo el asunto; además, sólo mostraba una hosca impaciencia y esperaba que algo ocurriese que le sacase de su percance sin importancia. Me preguntó más de una vez si podÃa llamar por teléfono a un abogado que le habÃa ayudado tiempo atrás en una disputa comercial, y en todos los sentidos actuó como lo hubiese hecho un hombre inocente. No habÃa nada contra él en el mundo excepto esa pequeña manecilla de la esfera que registra las alteraciones de su pulso.